«Necesito salir con más personas. Necesito conocer más, de verdad. No puedo esperar por horas a que tu "visto: 00:31" desaparezca por otro "visto: 12:36"».
No, no entendía. Sus mensajes desde entonces padecían de bipolaridad. Bueno, era de esperarse, el amor le golpeó. Gabriel vive exaltado por sus idilios ofuscados y molestos. Le contagiaron, le inyectaron ese virus sin cura divina. O al menos, eso fue lo que dijo a inicio del verano, susurrándome al oído.
Nuestra última noche caducó con las horas ajustadas. Terminé apoyando la mejilla sobre su hombro izquierdo, mientras jugaba con los botones de su camisa y él cantando cuantas canciones resonaban en el taxi rumbo a casa. Llegamos y desnudó su obsesión eterna por discutir, como para amenizar la noche. Aceleró el paso, arregló con fuerza las esquinas torcidas de su camisa, introdujo la mano derecha al bolsillo buscando su cajetilla (por simple intuición), prendió un cigarrillo y continuó su camino, olvidándome por completo. Yo solo observaba sus gestos porque la idea de discutir con Gabriel, era un diálogo molesto, conocido y estúpido. "Esta bien, Sam, será como tú desees" me dijo, con ese tono de voz tan burlesco y penetrante.
"Necesito aire y aclarar mi mente, Sam". A estas horas de la tarde lo veo abusando de algún cigarrillo descuidado y sin futuro prometedor. Gabriel debe estar recorriendo sus pasos y recuerdos con la receta telefónica que adoptó ayer. No lo culpo, sus insinuaciones desgastaron el tiempo y mi silencio ya no es el mismo. Él sabe lo que sucederá en pocos días, si sus mañanas no se pintan de verdades, verdades y no más mentiras.
Fuera de toda esta brusca telaraña de recuerdos y sucesos. Yo, sinceramente, no entiendo como mi Gabo tierno y tolerante, mutó a esta clase de caricatura asocial y conflictiva. No sé si en todo este tiempo fuera de él, de sus alegrías o tristezas, de sus verdades o mentiras, sus días se poblaron de rutinas masoquistas o en realidad fue contagiado brutalmente. Yo no sé. Solo sé que no es el mismo y créanme que hoy en día, ya nadie lo es.
Luis Ramiro - El café






