lunes, enero 07, 2013

Antojos de un final bohemio


Intentaba respirar, porque la única salida hacia mi tranquilidad, era respirar. Clara se convirtió en mi error, todas las mañanas despertaba con rastros de alcohol y yo con sedientas paginas en blanco, con la tristeza corrompida y ese aroma a nada. Se despedía de madrugada con un beso tibio y seco a rondar las calles del Malecón.  Aún no la entendía, como quién no entiende este partido de ajedrez por la tarde ¡No la entendía! Las discusiones se sumaron a las constantes visitas de amigos y los diálogos brindaban por su ausencia. Con el tiempo mis costumbres no se adecuaban a su vida bohemia y pagana, porque nuestras edades diferenciadas en diez años de experiencia vivida, no rozaban ni en la más mínima comprensión. Fue entonces cuando entendí que mi vida comienza cuando acabe la de ella. 

Clara a sus 22 años había perdido su tierna sonrisa y el brillo inigualable de sus ojos pardos. Años atrás su sensualidad la sedujo, aprendió de los lujos y placeres de la vida y empezó a sintetizar sus deseos. Ella me utilizaba a su antojo y yo la amaba aún más, como quién ama a su vida. No, yo no me amo, ni nadie me ama, soy otro bohemio pero reprimido, reprimido por ella y su vida alegre. Podría ser el guardián de sus reuniones nocturnas y el cenicero de su último cigarro, mientras permanezca conmigo, bostezando bajo el mismo techo por minúsculas horas. 

Este partido de ajedrez me es menos interesante que el horario, ella no espera encontrarme pero he llegado con los ojos en las manos y este vino con sabor a sus caprichos. Ella regresa en minutos y mi vida por fin comenzará.




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