Me pregunto si mamá recordará mis episodios depresivos o cuando intentaba explicarle con la mirada y el llanto que este estado no era normal. Recordará las pastillas nocturnas que mantenían mi equilibrio a las que ella llamaba "para el dolor de cabeza". Recordará cuando papá subió por segunda vez a mi celda olvidada en el último piso con techo de madera y palomas muertas sobre ella. Recordará ese día cuando papá me tocó la frente y preguntó si tenía fiebre. No, papá, no tenía fiebre, estaba deprimida. La depresión es un mal fisiológico del cuál no debería avergonzarme. Pero a mamá le avergonzaba. Le avergonzaba tener a una hija deprimida.
Hace días dejé de responder mensajes importantes. Las clases en la universidad y las mentiras entorno a ella no me dejan tranquila. Estoy ansiosa todo el tiempo, como si esperara algo o a alguien. En qué momento volvía a caer. Todo estaba bien. O tal vez todo ese "bien" era una simple ilusión de descanso en mi subconsciente que me obligaba a seguir.
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