Por primera vez en mi perra y mágica vida, creí verme en los ojos de Miranda. Ella no lo sabe, pero todas mis noches la busco bajo las rejas de mi ventana, con recelo, con ansias de verme chiquitita entre sus pupilas dilatadas.
Miranda posee la crueldad eterna de mis mañanas, porque nunca he de verla cuando la luz del día golpea mis mejillas húmedas. Y es que la vida necesita de sus ruidos toscos y esa mirada perversa que seduce los sueños envueltos en nada. Oprimo mis suspiros bajo la sábana y agonizo sobre ella. Sé que le pensaré tanto, que mis noches se acostumbrarán a su recuerdo.

No hay comentarios:
Publicar un comentario