Me encontré microscópica y sus ojos eran otros, no eran los de hace un año con historias clavadas en libros de Dostoievski, Hobbes o Tolstói. Eran otros. Hablaban de una transformación progresiva.
Cuando Abril atropelló mis recuerdos, lo escuchaba en mis entrañas. Era él con canciones de cuna, con versos tendidos sobre sus pasos lejanos y mis poemas subversivos. Entonces cambio de piel cada mañana, porque mi aroma homogéneo deja rastro en su trayecto y tal vez ha de buscarme, tal vez ha de encontrarme.
A veces imagino mi vida como una secuela infinita de la suya y encuentro la felicidad entre sus manos tibias. Vivimos pensando que el diálogo de mediodía es un anticonceptivo que nos recetó un amor blasfema. Pero es blasfema, como todo lo que compartimos: el aire, el frío de invierno, una mirada. Su mirada con fines pedagógicos. Su mirada esquiva y entretenida.
Bach mantiene mi equilibrio en madrugada. Inhumana e insensible.
Afuera es jueves y aquí es invierno.




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